Retomamos la historia de las aves en la Contraparada. La historia del curioso origen de los nombres que reciben nuestras aves. Dejamos atrás los colores y los aspectos humanos (pero no del todo) y vamos con otros dos criterios que se usaron para nombrar a las aves:
3. Nombres basados en el sonido
Son muchos los nombres de aves que nacieron simplemente de intentar reproducir con palabras los sonidos que emitían en la naturaleza. Antes de existir clasificaciones científicas, la forma más sencilla de identificar a un ave era imitar su canto. La tórtola, por ejemplo, deriva del latín turtur, que representa su repetitivo “tur-tur-tur”. Algo parecido ocurre con la abubilla, cuyo nombre procede del sonido “up-up-up” que emite en el campo (upupaà ububillaà abubilla), o con el búho y el autillo, cuyos nombres imitan directamente sus ululares nocturnos.

De izquierda a derecha: tórtola europea, abubilla, búho real y autillo. Fuente: SEO BirdLife
Otras aves recibieron nombres inspirados en sonidos más discretos pero igualmente reconocibles. El pinzón parece deber su nombre al breve “pin” o “pink” de su reclamo, mientras que el gorrión imita el “gorr-“ áspero y continuo que producen estos pájaros cuando se reúnen en grupo. La curruca también entra en esta categoría, ya que su nombre reproduce el pequeño chasquido ronco que emite entre la maleza (“currrr-currrr”).

De izquierda a derecha: pinzón vulgar, gorrión y curruca cabecinegra. Fuente: SEO BirdLife
4. Nombres culturales, mitológicos y simbólicos
Algunos nombres nacieron de las ideas, símbolos y referencias culturales que las personas proyectaron sobre ellas. La paloma torcaz, por ejemplo, debe su apellido al latín torquatus, “la adornada con un collar”, en referencia a la mancha blanca que rodea su cuello y que recordaba a los collares metálicos utilizados por guerreros celtas y romanos. Algo parecido ocurre con el halcón, cuyo nombre deriva de falx, la palabra latina para “hoz”, ya que el perfil curvado de su pico y sus garras evocaba las herramientas agrícolas romanas. El halcón peregrino, además, recibió ese apellido porque los cetreros medievales lo capturaban durante sus migraciones, es decir, “de paso”, como un viajero o peregrino.

De izquierda a derecha: paloma torcaz junto a un «torcus» celta y halcón peregrino. Fuente: SEO BirdLife y Wikipedia
Otras aves esconden referencias todavía más simbólicas o literarias. El ruiseñor significa literalmente “el cantor de la luz” o “del amanecer” (lasciniolaà rossinhol), inspirado en su costumbre de cantar antes de salir el sol. El gavilán, por su parte, debe su nombre a la palabra goda gabila, que significaba “horcas” en relación a sus garras. Pero lo más curioso es la conexión mitológica de nombre científico: Accipiter nisus. Nisus hace referencia al rey Niso de la mitología griega, transformado en gavilán tras ser traicionado por su hija. Incluso el alcaraván conserva una interesante huella cultural, ya que su nombre procede de la palabra persa karvān, relacionada con las caravanas del desierto, probablemente porque estas aves caminan en pequeños grupos que recordaban a viajeros cruzando tierras áridas.

De izquierda a derecha: Ruiseñor, gavilán y alcaraván. Fuente SEO BirdLife
Con esto acabamos la historia de la etimología de las aves. En conjunto, estos nombres muestran cómo el lenguaje de las aves es también un reflejo de la cultura humana: una mezcla de observación, imaginación y memoria histórica que ha ido dejando huella en cada especie que hoy vemos sobre el paisaje.



