Cómo nombramos a las aves (I): colores y tradiciones en la huerta del Segura

En la Contraparada, cada amanecer trae aves distintas sobre el agua del Segura. Algunas son familiares, otras pasan desapercibidas… pero todas tienen algo en común: sus nombres cuentan historias mucho más antiguas que los propios lugares donde hoy las vemos. Para facilitar la comprensión, vamos a dividir estos orígenes en varias categorías y vamos a separarlas en dos artículos diferentes:

  1. Nombres que hacen referencia a un aspecto del ave

Muchos nombres de aves nacieron simplemente de lo que las personas veían al observarlas en la naturaleza. Rasgos tan evidentes que terminaron convirtiéndose en su identidad. La focha, por ejemplo, deriva del latín fulica y significa “hollín” u “oscuro” en clara referencia a su plumaje negro mate. Algo parecido ocurre con el carbonero, cuyo nombre alude al intenso color negro de su cabeza y pecho, semejante al carbón o al hollín de los antiguos trabajadores del carbón. También la paloma debe parte de su nombre a su aspecto: el término latino palumbes hacía referencia al tono grisáceo o plomizo característico de las palomas silvestres.

De izquierda a derecha: focha, carbonero y paloma torcaz. Fuente SEO BirdLife

Otras aves fueron bautizadas por detalles físicos mucho más concretos. El mochuelo recibe su nombre de “mocho”, una palabra antigua utilizada para describir objetos redondeados o sin puntas, haciendo referencia a su cabeza lisa y sin orejas visibles. La oropéndola, en cambio, destaca por el espectacular amarillo dorado de su plumaje: su nombre procede de la expresión latina auripennula, que significa literalmente “plumitas de oro”. En otros casos, el comportamiento fue tan llamativo que acabó dando nombre al ave, como ocurre con el cernícalo, llamado así por su capacidad para “cernirse” en el aire, quedando prácticamente inmóvil mientras busca presas desde el cielo.

De izquierda a derecha: mochuelo, oropéndola y cernícalo. Fuente: SEO BirdLife

  • Nombres relacionados con el mundo humano

Muchos nombres de aves no describen directamente al animal, sino que reflejan la forma en la que las personas interpretaban la naturaleza a través de su propia vida cotidiana. Oficios, nombres propios, creencias populares o festividades terminaron dejando huella en el lenguaje.

La lavandera, por ejemplo, recibe su nombre por el movimiento continuo de su cola, que recuerda al gesto repetitivo de las antiguas lavanderas golpeando la ropa junto a los ríos. El herrerillo también está ligado a un oficio tradicional: su canto metálico y repetitivo evocaba el sonido de un martillo golpeando el yunque de una herrería. Incluso el herrerillo capuchino añade otra referencia cultural, ya que su cresta recuerda al capirote de los monjes capuchinos o de algunos nazarenos.

De izquierda a derecha: lavandera blanca, herrerillo común y herrerillo capuchino. Fuente: SEO BirdLife

En otros casos, el vínculo con el mundo humano es todavía más curioso. La urraca heredó directamente uno de los nombres femeninos más comunes de la Edad Media, probablemente por el carácter ruidoso y parlanchín que se atribuía tanto al ave como a las reuniones vecinales de la época. El martinete y el martín pescador, aunque no están emparentados, comparten una tradición popular según la cual estas aves desaparecían o migraban coincidiendo con la festividad de San Martín. Incluso la lechuza conserva una de las etimologías más extrañas y humanas de todas: algunos filólogos creen que procede de la palabra laetitia, que significa “alegría” y se usaba de forma irónica para suavizar el miedo que este animal nocturno provocaba antiguamente entre campesinos y pastores.

De izquierda a derecha: urraca, martinete, martín pescador y lechuza. Fuente: SEO BirdLife

Esto es todo por ahora. Pronto os traeremos el final de la historia con el resto de categorías, que son tanto o más interesantes que las que hay en este artículo