Mientras el frío del invierno adormece la naturaleza, ocurre un milagro de ingeniería biológica. En silencio, adheridas a ramas, piedras o muros, descansan las ootecas: verdaderas «cápsulas de vida» que aseguran la supervivencia de uno de los depredadores más elegantes y beneficiosos de nuestro entorno.

Durante el otoño y el invierno, las hembras de mantis depositan sus huevos envueltos en una sustancia espumosa que, al contacto con el aire, se endurece rápidamente. El resultado es una estructura resistente capaz de blindar el futuro de la especie frente a las heladas y las lluvias.

No todas las ootecas son iguales; cada familia de mantis tiene su «sello de identidad». La forma en que la espuma se engrosa o se seca varía, permitiendo a expertos y aficionados identificar qué especie habitará ese rincón en unos meses.

La vida de una mantis es una carrera de resistencia y adaptación dividida en cuatro etapas cruciales:

  1. Ooteca: El letargo invernal.
  2. Ninfas: Con la llegada del calor primaveral, entre 30 y 300 diminutas mantis emergen tras un periodo de 2 a 6 meses de incubación.
  3. Crecimiento: Un proceso de metamorfosis donde las ninfas mudan su «camisa» (exoesqueleto) hasta en seis ocasiones antes de alcanzar la madurez.
  4. Adulto: La fase de plenitud y reproducción. Mientras las especies más pequeñas viven apenas un mes, las más grandes pueden acompañarnos casi un año entero.

Nuestra región es un enclave privilegiado para estos insectos. Su hábitat es variado y va desde la huerta hasta las zonas de montaña, permitiendo la presencia de 10 especies distintas, de las que destacan las siguientes:

  • Mantis religiosa: La más conocida y emblemática.
  • Empusa pennata: La estilizada «mantis palo».
  • Sphodromantis viridis: Destacada por su gran tamaño.
  • Otras joyas locales como la pequeña Ameles spallanzania o la vibrante Iris oratoria.

A pesar de su aspecto fiero y su fama de cazadoras voraces, son inofensivas para los humanos y las mascotas. No son venenosas; al contrario, son aliadas estratégicas en el control biológico de insectos de forma natural.

Pero ser una «máquina de cazar» no exime a estos insectos del peligro. La mantis ocupa un lugar central en la cadena trófica, siendo el plato principal de pájaros, reptiles como las salamanquesas y arañas.

Sin embargo, tiene enemigos más inquietantes como las avispas parásitas que logran infiltrar sus huevos dentro de las resistentes ootecas para que sus larvas devoren a las futuras mantis desde el interior. Otras avispas de mayor tamaño optan por la fuerza bruta, paralizándolas para alimentar a sus crías en galerías subterráneas.

Por lo tanto, se puede decir que las mantis son piezas clave en el complejo puzzle de los ecosistemas murcianos.