Pocos lugares en Murcia condensan tan bien nuestra historia y nuestra naturaleza como la Contraparada. Sin embargo, en este escenario idílico se repite cada fin de semana un gesto que, aunque nace del cariño y la buena fe, está sentenciando a la fauna local: el lanzamiento sistemático de pan a los patos.
Lo hacemos con la mejor de las intenciones. Pensamos que los ayudamos, que les damos un banquete que la naturaleza les niega. Pero la realidad biológica es otra muy distinta. Para un pato, una rebanada de pan blanco es el equivalente a una dieta exclusiva de bollería industrial para un niño. Es energía inmediata, sí, pero carente de las vitaminas y minerales que necesitan para sobrevivir.
La tragedia del «Ala de Ángel»
El efecto más visible y devastador de esta práctica es una malformación llamada «Ala de Ángel». Cuando los patos jóvenes ingieren un exceso de carbohidratos y proteínas —precisamente lo que abunda en el pan, los dulces o los gusanitos—, sus alas crecen a una velocidad que su estructura ósea no puede soportar. El resultado es que las articulaciones se giran hacia afuera, impidiendo que el ave pueda plegar sus alas o, lo que es peor, que pueda llegar a volar.
Un pato que no vuela es un pato condenado. Se convierte en una presa fácil, no puede migrar ni buscar refugio cuando el cauce del río cambia o el alimento escasea. Aquello que empezó como un juego familiar termina convirtiendo a estos animales en seres dependientes y vulnerables.
Un río que también sufre
Pero el daño no termina en el animal. El pan que los patos no llegan a comer se hunde y se pudre en el fondo del Segura. Este exceso de materia orgánica altera la calidad del agua, fomentando la aparición de algas tóxicas y reduciendo el oxígeno disponible para los peces. Además, estos restos de comida atraen a plagas y favorecen la propagación de enfermedades como el botulismo aviar, que puede diezmar poblaciones enteras en cuestión de días.
La próxima vez que visites el río, sustituye la bolsa de pan por un puñado de avena, granos de maíz, semillas o incluso restos de verduras picadas como lechuga o zanahoria. Estos alimentos respetan su ciclo de crecimiento, les aportan los nutrientes necesarios y no contaminan nuestro entorno.
La Contraparada es un patrimonio que debemos proteger entre todos. Ser conscientes de lo que depositamos en el agua es el primer paso para asegurar que el latido del Segura siga siendo fuerte y saludable. La próxima vez que un pato se acerque a la orilla, regálale salud, no una condena.

