No es fácil sobrevivir 200 millones de años, pero los quelonios (las tortugas) han encontrado la fórmula del éxito: una fortaleza portátil. Entre ellas destaca el galápago leproso (Mauremys leprosa), un reptil de herencia iberoafricana que, a pesar de su nombre poco afortunado, es una pieza clave de nuestra biodiversidad. Aunque se extiende desde el sur de Francia hasta el Níger, es en la Península Ibérica donde este animal ha establecido sus mayores poblaciones mundiales.
A diferencia de otras especies más exigentes, el galápago leproso es un gran oportunista. Le apasiona el calor —es lo que los científicos llaman una especie termófila— y por eso prefiere las tierras bajas del sur y el este, donde el clima mediterráneo le permite incluso mantenerse activo durante inviernos poco rigurosos.
Su hogar ideal son las charcas y arroyos de aguas tranquilas con vegetación de ribera. Sin embargo, su capacidad de adaptación es asombrosa: se le puede encontrar en zonas agrícolas, industriales e incluso cerca de desagües. Eso sí, tiene un límite ético con el entorno; si la contaminación es excesiva, la especie termina desapareciendo.
Hoy en día, este veterano de la evolución se considera vulnerable. No solo sufre por la desecación de humedales o el tráfico ilegal como mascota, sino que se enfrenta a un enemigo moderno: las tortugas exóticas americanas (como la famosa de «orejas rojas»). Estas invasoras compiten por el sol y la comida, además de contagiarles enfermedades para las que nuestro galápago no tiene defensas.
En lugares como la Cuenca del Segura, el galápago leproso resiste con fuerza, ocupando desde ríos y embalses hasta humedales artificiales.
Si paseas cerca del agua a finales de invierno o durante primavera, podrías ser testigo de un pequeño milagro: el nacimiento de las crías. Al nacer, son auténticas joyas naturales con tonos pardo-verdosos y dibujos anaranjados, colores que con los años se tornarán en un sobrio verde oliva oscuro.
Diferenciarlos no es tarea fácil para el ojo inexperto. Las hembras suelen ser más grandes, pero el secreto está en el «plastrón» (la parte inferior del caparazón): los machos lo tienen algo cóncavo para facilitar el apareamiento, mientras que el de las hembras es plano o ligeramente convexo para dejar espacio a los huevos.
En época de cría, la vida se abre paso bajo nuestros pies. Así que, en tu próxima excursión, mantén los ojos abiertos y mucho cuidado con dónde pisas.
Consejo final: Si encuentras una cría cruzando un camino, lo mejor es no tocarla a menos que esté en peligro inminente (como ser atropellada). Si debes moverla, hazlo siempre en la dirección hacia la que ella ya se estaba dirigiendo.



