La campana que se usaba para anunciar riadas, en el Puente de los Peligros. Fuente: wikipedia
Mucho antes de la existencia de sistemas meteorológicos modernos, radares o alertas móviles, las crecidas del Río Segura suponían una amenaza constante para la huerta de Murcia. En un territorio profundamente condicionado por el río, detectar a tiempo una avenida podía marcar la diferencia entre salvar cosechas, animales o incluso la propia vida.
Durante siglos, la vigilancia del río formó parte de la vida cotidiana de muchas personas. En épocas de lluvias intensas, especialmente cuando las tormentas afectaban a zonas situadas aguas arriba, aumentaba la preocupación por posibles crecidas repentinas. El Segura, como otros ríos mediterráneos, se caracteriza por una gran irregularidad: largos periodos de caudal moderado podían transformarse en pocas horas en violentas avenidas de agua y barro.
En este contexto, la observación directa desempeñaba un papel fundamental. Vecinos, agricultores y trabajadores vinculados a las acequias prestaban atención constante al comportamiento del río, al color del agua o a la velocidad de la corriente. Un aumento repentino del caudal, la llegada de ramas arrastradas o el sonido creciente del agua podían servir como señales de alerta.
Las campanas también tuvieron una función importante en estos episodios. En diferentes puntos de la huerta y de la ciudad, el toque de campanas permitía avisar rápidamente a la población ante situaciones de peligro. Aunque hoy solemos asociarlas a funciones religiosas o festivas, durante siglos constituyeron uno de los sistemas de comunicación más eficaces en situaciones de emergencia.
En algunos casos, los avisos se transmitían también de forma oral entre pedanías y zonas de cultivo. La noticia de una crecida avanzaba siguiendo el curso del río y de las acequias, pasando de unos vecinos a otros en una especie de cadena improvisada. Este conocimiento colectivo del territorio permitía reaccionar con rapidez en un momento en el que no existían medios de comunicación instantáneos.
Las grandes riadas dejaron una profunda huella en la memoria de Murcia. Episodios como la riada de San Calixto, ocurrida en 1651, o la riada de Santa Teresa, en 1879, provocaron enormes daños materiales y numerosas víctimas. Las crónicas de la época describen cómo el agua llegó a cubrir amplias zonas de la huerta, arrastrando viviendas, animales y cultivos.

Riada de Santa Teresa. Fuente: laaventuradelahistoria.es
Estas catástrofes impulsaron la construcción y mejora de numerosas infraestructuras hidráulicas destinadas a reducir el impacto de las avenidas. Elementos como el azud de la Contraparada, motas, muros o sistemas de regulación formaron parte de una larga historia de adaptación al comportamiento del río.
Hoy en día, la tecnología permite prever con mucha más antelación los episodios de lluvias intensas. Sin embargo, recorrer la Contraparada después de varios días de precipitaciones sigue recordando hasta qué punto el Segura ha condicionado históricamente la vida y el paisaje de Murcia.



